Un análisis psicológico advierte que la violencia juvenil no surge en el vacío, sino en sistemas que fallan en silencio.
Dos episodios recientes han impactado profundamente a Chile: en uno, al norte de nuestro país, un menor terminó con la vida de una inspectora dentro de un establecimiento educacional; en otro, en Curicó, un estudiante llegó armado a su colegio, siendo contenido a tiempo por funcionarios. Distintos desenlaces, pero una misma pregunta inquietante: ¿qué está ocurriendo con los adolescentes?
La ciencia y la psicología ofrece una primera clave. “La corteza prefrontal” ¿cómo funciona nuestra corteza prefrontal? Es nuestra parte del cerebro encargada del juicio, la toma de decisiones, la regulación emocional y la anticipación de consecuencias, pero no completa su maduración hasta aproximadamente los 25 años. (Casey et al, 2008). Esto no es una excusa, sino un dato biológico, el cerebro adolescente funciona con un sistema emocional intensificado y un control aún en desarrollo. Como resume Steinberg (2014) nos comenta que los adolescentes no son adultos inmaduros que toman malas decisiones. Son seres en una etapa neurobiológica específica y compleja.
En este contexto, el caso de Curicó abre también una señal de esperanza. La acción oportuna de adultos evitó una tragedia, evidenciando lo que especialistas llaman una “red de contención activa”. Pero la mirada más incómoda proviene de otro lugar; el adolescente no es solo el problema, sino muchas veces el síntoma. En otras palabras, detrás de cada conducta extrema suele haber historias de desconexión, contradicciones y falta de escucha.
A esto sumémosle un factor decisivo en la actualidad conocido como el entorno digital. Estudios indican que “las adolescentes que pasan cinco o más horas diarias en redes sociales tienen el doble de probabilidades de presentar síntomas depresivos”, según Twenge, (2017). La evidencia más reciente refuerza que el uso intensivo de redes está asociado a peores indicadores de salud mental. En un cerebro altamente sensible a la recompensa, estas plataformas pueden amplificar angustias, comparaciones y, en algunos casos, narrativas de violencia vistas de manera no supervisada por adultos.
Frente a este escenario, la evidencia es clara en un punto, la presencia adulta marca la diferencia. “El cerebro social del niño y del adolescente se regula a través del cerebro del adulto”, advierte Siegel & Hartzell (2003), subrayando que no basta con estar físicamente presente, sino emocionalmente disponible. El adolescente necesita que el adulto esté presente de verdad, sin teléfono en mano, sin la cabeza en otro lado, sin convertir cada conversación en un sermón o una evaluación de rendimiento.
Los especialistas también alertan sobre señales tempranas que no deben ignorarse en esta etapa: aislamiento, cambios bruscos de conducta, discursos de desesperanza o fascinación con la violencia. No son diagnósticos, pero sí llamados urgentes a buscar ayuda profesional o poder dar notificación de esto.
Lejos de explicaciones simplistas, coincidimos en que estos hechos no responden a “adolescentes problemáticos” aislados, sino a una combinación de factores sociales, familiares y culturales. La solución, por tanto, no puede ser individual.
El desafío siempre será colectivo, buscando el fortalecimiento de redes en las escuelas, priorizar la salud mental y recuperar el rol activo de los adultos. Porque, en medio de una etapa históricamente compleja que hoy enfrenta presiones inéditas, la pregunta clave no es solo qué les pasa a los jóvenes, sino ¿qué estamos haciendo o dejando de hacer los adultos frente a ello?
Scarleth Jara González
Licenciada en Psicología, Universidad de Talca.