Reflexiones sobre el rol docente en la Educación Superior actual

En el actual contexto, los acelerados cambios del entorno están redefiniendo el futuro de la Educación Superior a una velocidad sin precedentes. Se han diversificado los actores y modalidades que proveen nuevas opciones de certificación de competencias, el impacto creciente de la IA en los procesos formativos tensiona la evaluación auténtica, los cambios demográficos relevan la importancia de la educación continua y los escenarios globales inciertos junto al acelerado desarrollo tecnológico imponen nuevos desafíos para las proyecciones laborales y la empleabilidad de los recién titulados. Entonces, es innegable que la Educación Superior debe evolucionar hacia el desarrollo de competencias para: comprender la complejidad, crear valor integrado a contextos reales, actuar éticamente, aprender durante toda la vida y contribuir a la sostenibilidad y al bienestar común.

La convergencia entre lo señalado por la OCDE y el filósofo/sociólogo francés Edgar Morin, ofrece orientaciones para enfocarse en desarrollar competencias y saberes que permitan a las personas desenvolverse en futuros entornos complejos, inciertos, digitalizados e interdependientes.

Si a lo anterior sumamos los bajos resultados de la prueba PISA 2025, que muestran que, si bien Chile sigue siendo uno de los sistemas de mejor desempeño de América Latina, aún mantiene brechas importantes en comprensión lectora, matemática-resolución de problemas y ciencias. Solo el 2,6% de los estudiantes chilenos alcanzó los niveles más altos (5 o 6) en alguna de las tres áreas, comparado con el 11,9% promedio OCDE; pero el principal reto no es que los estudiantes lleguen con menos conocimientos, sino que llegan con una combinación compuesta de brechas académicas, sobreexposición digital, dependencia tecnológica y dificultades para transferir conocimientos a situaciones reales.

Katty Díaz Bravo, Directora Académica INACAP Sede Curicó.

En este escenario el rol de los docentes de ESU es fundamental, pues más allá de enseñar lo propio de cada disciplina, las prioridades estratégicas para el diseño integral del proceso formativo deben partir por cuestionarse: ¿Cómo desarrollo el pensamiento complejo y crítico? ¿Cómo potencio la innovación con propósito y la creación de valor en contextos reales? ¿Qué proyecto o desafío propongo para desarrollar la ciudadanía global, la sostenibilidad y la responsabilidad ética? ¿Cómo problematizo las actividades didácticas para que logren gestionar la incertidumbre y la capacidad de adaptación? ¿Estoy dando espacio a la comprensión profunda, a la colaboración y al trabajo interdisciplinario? ¿Estoy incorporando alfabetización digital y uso de IA con enfoque humano? ¿Cómo fomento el interés por el aprendizaje continuo a lo largo de la vida?

Este ejercicio de cuestionamiento sistemático contribuye a transformar la práctica pedagógica, a través de la incorporación de nuevas metodologías, estrategias y técnicas didácticas, para lograr que los estudiantes pasen de la información a la comprensión, conviertan la comprensión en criterio y lleven el criterio a la acción responsable, formando profesionales capaces de crear valor resolviendo problemas en contextos complejos, inciertos y tecnológicamente acelerados, que colaboren interdisciplinariamente, que actúen con criterio ético y generen impacto sostenible.

Finalmente ¿tendrá esto utilidad si el ambiente en el espacio de enseñanza aprendizaje no es adecuado?, quizá para esa respuesta no hay mejor referente que nuestro Premio Nacional de Ciencias Doctor Humberto Maturana, que señala: “el amor es la única emoción capaz de ampliar la inteligencia”, siendo su concepción de amar: “una ampliación de la mirada para respetar y escuchar al otro como un legítimo otro, sin exigencias, sin supuestos, sin expectativas”; es en ese espacio amoroso, sin prejuicios, donde surge el entendimiento, la colaboración y el aprendizaje, pienso ahora que desarrollar esa mirada compartida en el aula sí que es el mayor de los desafíos.