En los últimos años, la violencia en contextos escolares se ha vuelto una preocupación creciente para muchas familias. Peleas entre estudiantes, niños y niñas que se desregulan emocionalmente y dificultades para expresar lo que sienten son situaciones que hoy aparecen con más frecuencia en colegios y jardines.
Frente a este escenario, surge una pregunta que se repite: ¿es la crianza respetuosa la causa de estos comportamientos?
Desde la mirada profesional de Francisca Marchán, de Enfermería con Amor, esta idea responde a un concepto mal entendido. La crianza respetuosa no es una crianza permisiva ni carente de límites. Por el contrario, se basa en una estructura clara, firme y segura, donde los límites existen, pero se comunican desde el respeto, la empatía y la conexión, especialmente desde la primera infancia.
Más allá de buscar responsables en un estilo de crianza, es importante ampliar la mirada hacia un factor clave: la salud mental de la sociedad en su conjunto.
Hoy, muchas madres y padres se encuentran sobrepasados, enfrentando altos niveles de estrés, con poco tiempo para el autocuidado, escasas redes de apoyo y, en muchos casos, sin herramientas suficientes para acompañar emocionalmente a sus hijos. Esta realidad impacta directamente en la crianza.
Cuando el cansancio o la frustración predominan, es más probable que los adultos reaccionen con gritos, impaciencia o incluso conductas agresivas. Y es ahí donde surge una reflexión fundamental: ¿Cómo esperamos que los niños se relacionen con otros, si eso es lo que están observando en su entorno?
Los niños aprenden principalmente a través del ejemplo. Si crecen en ambientes donde la frustración se gestiona desde la agresividad, es esperable que reproduzcan esas mismas conductas en el colegio o con sus pares.
Por eso, el foco no debiera estar únicamente en la conducta del niño, sino en comprender qué hay detrás de ella. Muchas veces, el comportamiento es solo la manifestación visible de una necesidad emocional no resuelta.
El desafío, entonces, es avanzar hacia una mirada más consciente y comprensiva de la salud emocional, tanto en niños como en adultos. Esto implica promover espacios de educación emocional, fortalecer el acompañamiento a las familias y entender que el bienestar emocional es parte fundamental de la salud integral.
Desde este enfoque, la crianza respetuosa cobra aún más sentido: no como ausencia de límites, sino como una forma de guiar con firmeza y, al mismo tiempo, con empatía.
Porque más que castigar o etiquetar conductas, el verdadero cambio comienza cuando aprendemos a mirar, escuchar y acompañar lo que ocurre en el mundo interno de nuestros niños.

